La vía del concepto de totalitarismo, una genealogía.
“Libertad, igualdad, fraternidad”
Lemas de la Revolución Francesa de 1789
“Creer, obedecer, combatir”
Lemas del Partido Nacional Fascista Italiano
Lemas de la Revolución Francesa de 1789
“Creer, obedecer, combatir”
Lemas del Partido Nacional Fascista Italiano
En el período de entreguerras, hacia la década de 1920, surgieron nuevos movimientos y regímenes políticos en la Europa occidental, fuertemente autoritarios, ubicados en la extrema derecha ideológica, denominados “fascistas”, que a decir del historiador inglés Eric Hobsbawm[1] “predicaban la insuficiencia de la razón y del racionalismo, y la superioridad del instinto y de la voluntad”.
Más adelante, ya en el poder, a estos regímenes algunos estudiosos de un gran abanico disciplinario e ideológico, van a denominarlos como “totalitarios” y sumando también a este conjunto al régimen stalinista de la Unión Soviética.
El trabajo que sigue a continuación es una pequeña reseña en la cual se va a tratar de ver cuán ventajoso o no es la utilización de este término para estudiar a estos regímenes.
“La derecha fascista (siguiendo con la visión histórica de Eric Hobsbawm para entrar en contexto), a diferencia de la derecha no fascista, movilizaba a las masas desde abajo. Pertenecía a la era de la política democrática y popular que los reaccionarios tradicionales rechazaban y que los paladines del “estado orgánico” intentaban sobrepasar”. El fascismo se complacía en las movilizaciones de masas, y las conservó simbólicamente, como una forma de escenografía política –las concentraciones nazis de Nuremberg, las masas de la Piazza Venecia contemplando las gesticulaciones de Mussolini desde su balcón-, incluso cuando subió al poder; lo mismo cabe decir de los movimientos comunistas. Los fascistas eran los revolucionarios de la contrarrevolución[2]: en su retórica, en su atractivo para cuantos se consideraban víctimas de la sociedad, en su llamamiento a transformarla de forma radical…”.
“Análogamente, aunque el fascismo también se especializó en la retórica del retorno del pasado tradicional y obtuvo un gran apoyo entre aquellos que habrían preferido borrar el siglo anterior, si hubiera sido posible, no era realmente un movimiento tradicionalista” […] “propugnaba muchos valores tradicionales, lo cual es otra cuestión. Denunciaba la emancipación liberal –la mujer debía permanecer en el hogar y dar a luz muchos hijos- y desconfiaba de la insidiosa influencia de la cultura moderna y especialmente, del arte de vanguardia, al que los nacionalsocialistas alemanes tildaban de “bolchevismo cultural” y de degenerado. Sin embargo, los principales movimientos fascistas –el italiano y el alemán”- no recurrieron a los guardianes históricos de orden conservador, la Iglesia y la monarquía. Antes al contrario, intentaron suplantarlos por un principio de liderazgo totalmente nuevo encernado en el hombre hecho a sí mismo y legitimado por el apoyo de las masas, y por unas ideologías –y en ocasiones cultos- de carácter laico”.
El pasado al que apelaban era un artificio. Sus tradiciones eran inventadas. El propio racismo de Hitler no era ese sentimiento de orgullo por una ascendencia común, pura y no interrumpida que provee a los genealogistas de encargos de norteamericanos que aspiran a demostrar que descienden de un yeoman de Suffolk del siglo XVI. Era, más bien, una elucubración posdarwiniana formulada a finales del siglo XIX, que reclamaba el apoyo de la nueva ciencia de la genética o, más exactamente, de la rama de la genérica aplicada (“eugenesia”) que soñaba con crear una superraza humana mediante la reproducción selectiva y la eliminación de los menos aptos” (“darwinismo social[3]”).
“Hostil como era, por principio, a la Ilustración y a la Revolución Francesa, el fascismo no podía creer formalmente en la modernidad y en el progreso, pero no tenía dificultad en combinar un conjunto absurdo de creencias con la modernización tecnológica en la práctica, excepto en algunos casos en que paralizó la investigación científica básica por motivos ideológicos. El fascismo triunfó sobre el liberalismo al proporcionar la prueba de que los hombre pueden, sin dificultad, conjugar unas creencias absurdas sobre el mundo con un dominio eficaz de la alta tecnología contemporánea”.
“Sin embargo, es necesario explicar esa combinación de valores conservadores, de técnicas de la democracia de masas y de una ideología de valores conservadores, de técnicas de la democracia de masas y de una ideología innovadora de violencia irracional, centrada fundamentalmente en el nacionalismo. Ese tipo de movimientos no tradicionales de la derecha radical habían surgido en varios países europeos a finales del siglo XIX como reacción contra el liberalismo (contra la transformación acelerada de las sociedades por el capitalismo) y contra los movimientos socialistas obreros en ascenso y, más en general, contra la corriente de extranjeros que se desplazaban de uno a otro lado del planeta en el mayor movimiento migratorio que la historia había registrado hasta ese momento”. […] “Las capas medias y medias bajas fueron la espina dorsal de esos movimientos durante todo el período de vigencia del fascismo”, aunque esto “no quiere decir que los movimientos fascistas no gozaran de apoyo entre las clases obreras menos favorecidas” o que no estaban organizadas.
Hacia el uso del término “totalitarismo”
Ahora bien, (y para entrar en debate) el término “totalitarismo” fue inventado como descripción o autodescripción del fascismo italiano, y prácticamente se utilizaba para ese tipo de regímenes.
A decir del “Diccionario de Ciencias Políticas y Sociales de Torcuato Di Tella”, el concepto totalitarismo: “se aplica a la realidad y a la doctrina de un régimen dictatorial que mediatizó todos los resortes del poder político para subordinar de manera absoluta los derechos de los individuos”. […] “Entre diversos factores, se enfatiza en la crisis de los valores y la cultura de clases, así como la pérdida de identidad de los individuos en las sociedades de masas contemporáneas. Según otros autores, este uso del concepto es tendencioso e implica una generalización excesiva para la comprensión de los procesos históricos particulares”.
A saber por Eric Hobsbawm[4], “por brutal y dictatorial que fuese, el sistema soviético no era “totalitario”, término que se popularizó entre los críticos del comunismo después de la segunda guerra mundial, y que había sido inventado en los años veinte por el fascismo italiano para describir sus objetivos. Hasta entonces este término prácticamente sólo se había utilizado para criticar al fascismo italiano y al nacionalsocialismo alemán, y era sinónimo de un sistema centralizado que lo abarcaba todo y que no se limitaba a ejercer un control físico total sobre la población, sino que, mediante el monopolio de la propaganda y la educación, conseguía que la gente interiorizase sus valores. 1984, de George Orwell (publicado en 1948), dio a esta imagen occidental de la sociedad totalitaria su más impresionante formulación: una sociedad de masas a las que habían lavado el cerebro, vigiladas por la mirada escritadora del “Gran Hermano”, en la que sólo algunos individuos aislados discrepaban de vez en cuando.”
“Eso desde luego, es lo que Stalin hubiera querido conseguir, aunque hubiese provocado la indignación de Lenin y de la vieja guardia bolchevique. Por no hablar de Marx. En la medida en que su objetivo era la práctica divinización del líder (lo que luego se designaría con el eufemismo de “culto a la personalidad”), o por lo menos su presentación como dechado de virtudes, tuvo un cierto éxito, que satirizó Orwell. Paradójicamente esto tenía poco que ver con el poder absoluto de Stalin. […] Sin embargo, en todos los demás sentidos, el sistema no era “totalitario”, un hecho que muestra cuán dudosa es la utilidad del término. El sistema no practicaba un verdadero “control del pensamiento” de sus súbditos, y aún menos conseguía su “conversión”, sino que despolitizó a la población de un modo asombroso. Las dosctrinas oficiales del marxismo-leninismo apenas tenían incidencia sobre la gran masa de la población ya que para ellos carecían de toda relevancia, a menos que estuvieran interesados en hacer una carrera para la que fuese necesario adquirir tan esotéricos conocimientos. Desués de cuarenta años de educación en un país consagrado al marxismo, preguntaron a los transeúntes de la plaza Lara Marx de Budapest quién era Kart Marx. Las respuestas fueron las siguientes:
Era un filósofo soviético, amigo de Engels. Bueno, ¿qué más puedo decir? Murió ya mayor. (Otra voz): Pues claro, un político. Y también fue el traductor de las obras de bueno, ¿de quién era? De Lenin, Lenin, de las obras de Lenin; bueno, pues él las tradujo al húngaro (Grarton Ash, 1990, p. 261).
[1] Eric J. Hobsbawm, Historia del Siglo XX. Editorial Crítica, 1989, págs. 123 y ss.
[2] Destacado mío.
[3] Nota mía.
[4] Ob. Cit. Pág. 392 y 393.


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